El blog de Javier García Aranda

La afición de la Real Sociedad

Javier García Aranda – junio 2015

No soy de la opinión de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Ni tan siquiera creo que, por lo general, son trasladables al presente los argumentos que se alegan a favor de la mayor bondad de otra época, porque, con el paso de los años han ido perdiendo buena parte del significado que antes tenían.

Desde los años 60, cuando, como en un pasaje bíblico, la Real Sociedad descendiera a segunda división para volver a ascender a primera división y permanecer en ella durante cuarenta años, el fútbol ha cambiado tanto que los recuerdos de la época de Atotxa se ha convertido en un mito lejano. Tanto que, en cualquier momento, alguien pondrá en duda su existencia misma. De hecho, hay comportamientos actuales que hacen que se ponga en duda, si no la existencia del viejo campo, sí que en la afición de la Real Sociedad haya habido ciertos usos y costumbres que el paso inexorable del tiempo futbolero ha ido convirtiendo en leyendas.

No hay duda. Si quiere permanecer en el duro -y siniestro- mundo del fútbol profesional, la Real está obligada a reinventarse a si misma permanentemente. Y mientras tanto, el núcleo duro de la afición de la Real Sociedad, el colectivo formado por los abonados y las abonadas que van a Anoeta a ver casi todos los partidos (para soportar todos los horarios hay que ser muy joven o muy valiente), no sólo va cambiando paulatinamente su composición al ritmo del devenir de la vida y de la muerte, sino que, además, va pergeñando, partido a partido, las nuevas formas de ser hincha de la Real.

No obstante, como el instinto de manada tiene sus riesgos, uno también puede formar parte de ese núcleo duro y, al mismo tiempo, discrepar del comportamiento que parece que se va haciendo mayoritario. Aunque igual sólo lo parece y lo que ocurre es que siempre se escucha más al que grita o silba que al que calla. Y como suele decirse que el que calla otorga, voy a discrepar del comportamiento de cierta parte de la afición de Anoeta. Y si alguien me acusa de añorar los tiempos del viejo campo de Atotxa, no tendré más remedio que aceptarlo y entonar el mea culpa.

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