El blog de Javier García Aranda

¿Por qué lo llaman autónomo cuando quieren decir patrón?

Javier García Aranda – abril 2020

Hace unos años escribí que mi amigo J -el que sigue teniendo aspecto de leñador nórdico y que siempre ha tenido como referencia política a la socialdemocracia alemana- dice que recuerda una frase que escuchó a su amigo J -el que suscribe- cuando éramos unos veinteañeros tratando de encontrar nuestro sitio en la sociedad: “no hay conciencia de clase”. A decir verdad, no recuerdo haber pronunciado exactamente esa frase, aunque sí el contexto de aquella conversación.

Hacía poco que ambos habíamos acabado nuestros estudios universitarios. Me había iniciado en el mundo laboral como profesor y estaba inmerso en la militancia sindical; mi amigo es arquitecto y en aquel momento estaba pensando en cómo orientar su futuro profesional. La conversación nos llevó a reflexionar acerca de la diferencia que hay entre ser trabajador y ser empresario. No utilizábamos el término “trabajador” como sinónimo de “proletario”, sino para referirnos a cualquier “persona que tiene un trabajo retribuido” (que es lo que recoge el diccionario de la RAE), es decir, a quien trabaja por cuenta ajena y recibe un salario a cambio, tenga o no conciencia de pertenecer a la clase trabajadora. Tampoco “empresario” era para nosotros equivalente a “capitalista”; aunque quizás hubiera sido más preciso utilizar el término “patrón”, es decir, “persona que emplea trabajadores”.

No era una cuestión de ser trabajador vs no-trabajador ni, por supuesto, de ser explotado vs explotador; ni siquiera se trataba de aspirar a ganar un buen sueldo como lo opuesto a tener en mente hacerse rico aprovechándose del trabajo de otros. Y si hablamos de conciencia de clase fue, probablemente, para hacer referencia a la necesidad de ser conscientes de en qué lado de la línea había decidido estar cada uno en la vida de adultos inmersos en un mundo complejo y cambiante que iniciábamos.

Estar a uno u otro lado de la línea seguramente tenía diferente significado para cada uno de nosotros. Pero estábamos en plena transición política y, al poco, uno ejercería como representante sindical en la mesa del convenio colectivo de Oficinas y Despachos, y el otro pagaría a sus empleados los sueldos estipulados en aquel convenio. No se trataba de ser bueno y fiel a sus ideales o de ser malo y traidor a la clase trabajadora: solo de tomar conciencia de dónde iba a estar ubicado cada uno y qué implicaba aquello a la hora de posicionarse en el futuro ante las políticas públicas o el devenir de los asuntos sociales y económicos.

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