El blog de Javier García Aranda

Arantzazutik Urretxuraino

Javier García Aranda – agosto 2018

Era un día festivo de finales de julio. Lo sé con seguridad porque, cada año, siempre en esas fechas, pasaba una semana en Arantzazu con Tía Lola y Tío Pantxa. Podía ser un domingo o el día de Santiago, que entonces siempre era festivo. El comedor de la Hospedería de los Frailes se llenaba de excursionistas que aprovechaban el día para acercarse al santuario. Era el único momento en que se alteraba la tranquila rutina de las pocas decenas de personas que nos alojábamos allí. El habitual silencio, casi monacal, daba paso a un cierto bullicio. Y no era raro que a la hora de los cafés se entonaran canciones populares.

El de aquel día era un muy numeroso grupo de adultos. Al final de la comida se pusieron todos en pie. Se hizo el silencio en todo el comedor. Alguien pronunció unas breves palabras en euskara. Y, todos a una, comenzaron a cantar. Tío Pantxa se puso también en pie para cantar con ellos. Nunca había asistido a algo tan emocionante. Al acabar, pregunté al tío qué canción era aquella. Me dijo que era Gernikako Arbola, el himno de los vascos.

Estábamos a mediados de la década de los 60 del pasado siglo XX. Yo era un niño de poco más de diez años. Pasó un tiempo antes de que entendiera que, en aquellos momentos, cantar aquella canción era una expresión de autoafirmación y, al tiempo, una forma de rebeldía. Mientras tanto, me hice con la letra del himno. Y he aprendido a cantarlo por lo bajini en las ocasiones en que, a lo largo de mi vida, he vuelto a escucharlo.

Han pasado más de cincuenta años. Una excursión organizada por la Quincena Musical de Donostia me ha llevado hasta Urretxu, patria chica de Iparragirre, autor de la letra del citado himno. Salida desde el frontón del barrio azkoitiarra de Aizpurutxo con música de txistu y tamboril; recorrido sencillo por la ruta verde del viejo tren del Urola; reunión de la tropa en las afueras del pueblo, al son de trikitixa y pandero; romería tras el handi del bardo hasta la plaza del pueblo; y breve intervención del voluntarioso coro de la localidad, con repertorio de canciones del ilustre hijo de la villa.

La sorpresa ha llegado al finalizar el concierto, cuando el director del coro ha invitado a tod@s l@s asistentes a cantar la más famosa de las letras de Iparragirre. Y allí, en la plaza de Urretxu que lleva su nombre, frente a su estatua, con toda la emoción acumulada en los más de cincuenta años transcurridos desde aquella primera vez en Arantzazu, mientras pensaba en Tío Pantxa, he tenido el honor de cantar Gernikako Arbola.

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