El blog de Javier García Aranda

PAKITA ARANDA

Javier García Aranda – enero 2018

Pakita Aranda era mi ama, y la de mi hermana Loly y mi hermano Luisan. Llevo años pensando en escribir sobre ella, con la convicción de que me quedaba poco tiempo, porque quería hacerlo antes de que nos dejara. La inspiración no llegó a tiempo: el pasado 14 de enero de 2018, con 98 años, la Paki -como cariñosamente la llamábamos y la seguiremos llamando en el entorno más íntimo de la familia- entregó la cuchara.                                  

Porque ella era de l@s de la cuchara. De hecho, creo que no le hubiera importado decir adiós justo tres meses más tarde, coincidiendo con el 14 de abril, día de la proclamación de la II República. Era una efeméride que acostumbraba a celebrar colocando unas flores en la Plaza del Padre Claret, delante de la casa en la que vivió desde finales de los años 50 hasta que hace menos de tres años se trasladó a la Residencia de la Fundación Zorroaga para finalizar su periplo vital.

Como para casi todas las mujeres de su generación, no cabe duda de que la maternidad fue para ella una parte sustancial de su vida, sobre todo porque cuando sólo tenía 33 años se quedó viuda con una hija, un hijo y esperando el tercero. Y tuvo que sacar adelante a aquella familia con su trabajo como costurera, que es lo que ella siempre consideró que era, aunque un marketing elemental la llevara a denominarse “modista” en los tiempos del desarrollismo económico de los años 60. Más allá de lo expuesto, hablar de su faceta como madre es algo que reservo para un círculo familiar muy íntimo.

Pakita Aranda fue, sobre todo, una mujer a la que le tocó vivir una vida muy difícil en una época compleja y cambiante, a lo que hizo frente como supo y pudo, con los recursos que ella tenía: una gran pasión por su trabajo y por disfrutar de todas las pequeñas y pocas cosas que la vida podía ofrecerle. Siempre tuvo una vocación impenitente por ser la protagonista de todas las escenas de su vida y, cuando las circunstancias le fueron propicias, también aspiró a ser la reina del baile, para lo que nunca le faltaron prendas.

No está al alcance de nadie poder hacer una biografía integral de su vida y, por supuesto, nadie puede -ni debe- interpretar todas las claves de su casi un siglo de existencia. Cada persona que la conoció, por mucho que piense lo contrario, sólo ha tenido acceso a una faceta concreta y a un tiempo limitado de su paso por el mundo. Ni tan siquiera ella misma mantuvo siempre la misma interpretación de su devenir por la vida, quizá con la excepción de considerar que Luís, nuestro padre, era el amor de su vida. Junto a él, 65 años después, ha querido reposar para siempre.

Pakita Aranda ha ido reescribiendo permanentemente su historia según iban cambiando sus circunstancias y necesitaba adaptar su propio relato a un nuevo ciclo de su particular lucha por la vida. Todas las personas lo hacemos y ella, que vivió tantos años, pasó por tantas vicisitudes y siempre estuvo abierta a lo que la vida fuera deparando, tuvo más ocasiones y necesidades de hacerlo que la mayoría.

No hay una sola Pakita inalterable al paso del tiempo. Hay muchas pakitas superpuestas y, a menudo, contradictorias que componen un personaje único que a nadie dejaba indiferente, y que se nos ha manifestado sólo parcialmente a aquellas personas que tuvimos la suerte y el privilegio de compartir con ella algún tramo de su vida pública o de su vida privada (en su caso hablar de vida secreta es una entelequia, porque ella se encargaba siempre de contar sus versiones a quien lo considerase conveniente).

Hasta siempre, Pakita Aranda. Imposible olvidarte. Fue un placer.

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