El blog de Javier García Aranda

Pepe, el ruso

Javier García Aranda – septiembre 2015

Hasta hace unas décadas se hablaba de la tercera edad como la época de la vida que transcurría desde que la gente se jubilaba hasta que le llegaba el momento de entregar la cuchara. La esperanza de vida se ha ido alargando tanto que hace un tiempo se acuñó la expresión cuarta edad para referirse a las personas que superan los ochenta años. A partir de esa edad, pocas son las que se libran de los achaques de las enfermedades crónicas degenerativas y, lo que es peor, de un deterioro progresivo de las capacidades cognitivas.

Por una cosa o por otra o, la mayor parte de las veces, por un abanico de causas, las personas acaban -acabamos- siendo dependientes. Y aunque lo razonable y lo políticamente correcto es propugnar que las personas permanezcan el mayor tiempo posible en su entorno familiar, a nadie se le escapa que una parte importante de la cuarta edad acaba viviendo en una residencia. Ese sitio al que la generación de las personas que ahora son residentes antes llamaba asilo. Que, por cierto, era el sitio al que una de mis tías enviaba metafóricamente a quien hiciera falta cuando quería poner en su conocimiento -medio en serio, medio en broma- que ya estaba un poco harta del interfecto o interfecta.

Pocas son las personas que a lo largo de su vida no tienen viviendo en alguna residencia, simultánea o sucesivamente, a uno o varios miembros de la familia a los que, por uno u otro motivo, sienten que deben visitar con cierta periodicidad. Contrariamente a lo que pueda parecer y más allá de encontrar el momento para hacer la visita -hace algunos años que en mi agenda siempre hay alguna pendiente de realizar-, la actividad puede ser gratificante a nada que uno se la tome con la actitud adecuada. Incluso si lo que toca es visitar uno de los espacios que las residencias tienen reservados para personas que ya no están en plenas facultades mentales.

Hasta puede que uno acabe involucrado en algún episodio interesante de alguna historia que, como todas las historias, tendrá algo de real y algo de ficticia. Y sólo a veces la parte real es más verosímil que la ficticia, ya que, como a menudo solemos decir u oír, la realidad supera en muchos casos a la ficción. En el caso de PEPE, EL RUSO, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. O quizá no.

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