El blog de Javier García Aranda

HISTORIAS

“A esta edad hay más historias por escribir que tiempo para ocuparse de ellas”. 

Arturo Pérez-Reverte (Hombres buenos; ALFAGUARA, 2015)

 


Memorias de un hijo póstumo

Javier García Aranda – agosto 2018

Gabriel García Márquez decía que toda persona tiene vida pública, vida privada y vida secreta. Es una buena forma de clasificar los aconteceres de una biografía, aunque las fronteras entre unas y otras vidas son difusas y, además, cambiantes con el tiempo. En estas cuatro historias hay recuerdos, interpretaciones, recreaciones y reflexiones que pertenecían a mi vida privada o, incluso, a la secreta. Ahora pasan a la esfera de lo público.

No ha sido una idea gestada y madurada en el tiempo. Las exigencias del guión de un curso sobre cómo escribir relatos me llevaron a escoger entre experiencias vitales que me habían dejado huella. Elegí el fallecimiento de mi aita Luís García Simón, hace 66 años. Y alrededor de este leitmotiv surgió, casi inevitablemente, esta tetralogía.

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El relato de los relatos

Javier García Aranda – junio 2018

Casi cuatro décadas de vida laboral dan para escribir montones de páginas. La mayor parte de ellas han sido análisis o informes. También ha habido artículos de opinión (tras ser publicados en revistas o en prensa,  muchos están en este blog). Pero nunca me había dado por escribir un relato hasta que en verano de 2015 surgió Pepe, el ruso. Fue una experiencia interesante. Tal es así que, al año siguiente, decidí participar en el certamen de relato corto de Helduen Hitza (la voz de l@s mayores), asociación de jubiletas en la que me había inscrito unos meses antes. Fue un éxito: Tiempo de espera obtuvo el primer premio. El año pasado también participé. Hice doblete con Un poco de magia, primer premio, y El hombre de la Puerta del Sol, que, según el jurado, quedó clasificado en segundo lugar. Allí empezó esta historia.

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Un poco de magia

Javier García Aranda – mayo 2017

Esta historia es inventada. Cada cual tendrá que juzgar el grado de verosimilitud de los personajes que la protagonizan. Pero el seudónimo con el que está firmada sí es un nombre real: Felisa Rodríguez Cappa era mi abuela materna. ¡La historia de su vida sí que resultaría poco verosímil! Tan poco como la de la mayoría de aquellas y aquellos a quienes pilló la guerra, como dice la canción de Sabina.

Posdata: firmar con tu nombre, abuela Felisa, es una forma de rendirte homenaje. Lo más bonito es que, al igual que ocurrió el año pasado con el texto de la abuela Cecilia, ¡también este año nos han concedido el primer premio en el Certamen de Relato Corto de Helduen Hitza!

Acceso a UN POCO DE MAGIA

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El hombre de la Puerta del Sol

Javier García Aranda – mayo 2017

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia” es una frase recurrente en textos y películas. No sé si su afán es evitar posibles problemas legales o se trata de un mero alarde de narcisismo de autores o autoras que pretende subrayar la originalidad de su obra. Otra referencia muy utilizada -y habitualmente más fidedigna- es “basado en hechos reales”. Es el caso de El hombre de la Puerta del Sol.

La historia me la contó su protagonista, mi amigo José Miguel Unanue Letamendi (el origen del seudónimo con el que está firmado el texto es fácil de deducir). Me pareció tan interesante que, después de un tiempo en que estuvo dando vueltas por mi cabeza, solicité su plácet para escribir este relato. Que, como casi todos, está basado en hechos casi reales aderezados con pequeñas dosis de imaginación.

Posdata: el interés de la historia ha sido reconocido con el accésit del VI Certamen de Relato Corto de la asociación Helduen Hitza.

Acceso a EL HOMBRE DE LA PUERTA DEL SOL

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Tiempo de espera

Javier García Aranda – junio 2016

Cuando tuve conocimiento de que en Helduen Hitza, asociación a la que pertenezco desde hace unos meses, se convocaba un certamen de relato corto, consideré que era una buena oportunidad. El reto no era ganar ningún premio, sino demostrarme a mí mismo que era capaz de escribir un texto de esas características. Me ha gustado hacerlo.

El obligado seudónimo con el que debía ser identificado el texto es el nombre de mi abuela paterna: Cecilia Simón. Me parecía adecuado para una historia de mujeres. Mujeres como mis amigas Vilma Fajardo y Carmen Bermúdez a las que dedico TIEMPO DE ESPERA. La protagonista es una mujer venida desde el otro lado del charco para luchar por la vida. Como ellas.

Posdata: ya sé que no era lo importante, abuela Cecilia, pero ¡nos han concedido el primer premio!

Acceso a TIEMPO DE ESPERA

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Pepe, el ruso

Javier García Aranda – septiembre 2015

Hasta hace unas décadas se hablaba de la tercera edad como la época de la vida que transcurría desde que la gente se jubilaba hasta que le llegaba el momento de entregar la cuchara. La esperanza de vida se ha ido alargando tanto que hace un tiempo se acuñó la expresión cuarta edad para referirse a las personas que superan los ochenta años. A partir de esa edad, pocas son las que se libran de los achaques de las enfermedades crónicas degenerativas y, lo que es peor, de un deterioro progresivo de las capacidades cognitivas.

Por una cosa o por otra o, la mayor parte de las veces, por un abanico de causas, las personas acaban -acabamos- siendo dependientes. Y aunque lo razonable y lo políticamente correcto es propugnar que las personas permanezcan el mayor tiempo posible en su entorno familiar, a nadie se le escapa que una parte importante de la cuarta edad acaba viviendo en una residencia. Ese sitio al que la generación de las personas que ahora son residentes antes llamaba asilo. Que, por cierto, era el sitio al que una de mis tías enviaba metafóricamente a quien hiciera falta cuando quería poner en su conocimiento -medio en serio, medio en broma- que ya estaba un poco harta del interfecto o interfecta.

Pocas son las personas que a lo largo de su vida no tienen viviendo en alguna residencia, simultánea o sucesivamente, a uno o varios miembros de la familia a los que, por uno u otro motivo, sienten que deben visitar con cierta periodicidad. Contrariamente a lo que pueda parecer y más allá de encontrar el momento para hacer la visita -hace algunos años que en mi agenda siempre hay alguna pendiente de realizar-, la actividad puede ser gratificante a nada que uno se la tome con la actitud adecuada. Incluso si lo que toca es visitar uno de los espacios que las residencias tienen reservados para personas que ya no están en plenas facultades mentales.

Hasta puede que uno acabe involucrado en algún episodio interesante de alguna historia que, como todas las historias, tendrá algo de real y algo de ficticia. Y sólo a veces la parte real es más verosímil que la ficticia, ya que, como a menudo solemos decir u oír, la realidad supera en muchos casos a la ficción. En el caso de PEPE, EL RUSO, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. O quizá no.

Acceso a PEPE, EL RUSO

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