El blog de Javier García Aranda

REGRESO AL PASADO

Hay veces en que el devenir de los acontecimientos confiere actualidad a un texto escrito hace algún tiempo, en otras circunstancias o con expectativas diferentes. Es el caso de…

El fútbol de Villar y sus amigos

Javier García Aranda – julio 2017

Supongamos -aunque sea mucho suponer- que en el Estado español está realmente vigente la separación de poderes al estilo Montesquieu. Es evidente que el poder legislativo -el que reside en las Cortes Generales– no ha sabido establecer un marco jurídico que haya conducido a algunas -demasiadas- facetas del deporte a ir por la senda de los mejores valores de la sociedad de nuestro tiempo. El poder ejecutivo -el Gobierno de España-, a pesar de haber tenido un amplio margen de maniobra, tampoco ha sabido encarar con un mínimo de lucidez y con suficiente valentía los problemas de la parte del deporte de la que le toca ocuparse (a estas alturas del reparto autonómico no le queda gran cosa, aunque lo que le corresponde -en particular el deporte de alto nivel– tenga mucha proyección mediática). ¿Va a ser el poder judicial el que le ponga el cascabel al gato?

Es del todo punto impensable que un poder judicial garantista y -como no puede ser de otra forma- limitado a aplicar la escasamente innovadora normativa deportiva vigente pueda acabar con el abanico de corruptelas que impregnan el deporte. Y, obviamente, queda fuera de su ámbito de actuación intentar cambiar el trasnochado entramado deportivo que propicia el actual estado de cosas. Como mucho -que no es poco- podrá meter mano a la gran corrupción que existente en el deporte (que la hay, como lo demuestran los elementos deportivos que forman parte de los grandes casos de corrupción: desde la Fórmula 1 de Valencia hasta el campo de golf de Chamberí, pasando por el superdeportivo caso Nóos). Pero no parece al alcance de los jueces acabar con lo más genuino del lado oscuro del deporte: el menudeo. Con su práctica probablemente el personal no se hace rico, pero va disfrutando y repartiendo prebendas, que es una buena forma de hacer amiguetes y de ganar voluntades. Esas que pueden servir para continuar o acceder a la poltrona deportiva que se quiere conservar o se ambiciona. Y mientras se esté en el machito todo sigue siendo posible.

Dicen que en España todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario. En consecuencia, serán los jueces quienes decidirán si los investigados en la operación Soule o en otras que estén en barbecho son culpables de haberse llevado con malas artes lo que no era suyo y/o haber posibilitado que otros lo hicieran. Pero, salvo que el poder legislativo y el poder ejecutivo se pongan manos a la obra -que ya va siendo hora-, no hay poder judicial que acabe con toda la gran corrupción que hay en el fútbol (la específicamente deportiva y la directamente relacionada con los euros), ni con el menudeo que inunda tanto el propio fútbol como casi todo el deporte. No obstante, por el momento, el ínclito Villar y algunos más ya están en la cárcel. Y es de esperar que sólo sea el inicio de una larga travesía judicial en la que tomen parte muchos más, porque posiblemente son todos los que están, pero a buen seguro que todavía no están todos los que son.

Paralelamente a los acontecimientos judiciales se ha oído a algunos próceres del deporte decir, con gran cinismo, que lo de Villar ha sido algo inesperado. Y también hay quienes han manifestado que, al margen de que actúe la justicia, lo más importante es que en el fútbol todo vuelva cuanto antes a su cauce y que lo único que hay que hacer para ello es restablecer cuanto antes el orden establecido y los usos democráticos. En otras palabras, que lo que ha venido ocurriendo en el fútbol español durante décadas se cura recuperando las buenas costumbres del pasado y que, por supuesto, las buenas gentes del fútbol se apañan por sí solas para que el fútbol y su sacrosanta federación española queden para siempre a salvo de Villar y sus amigos o de quienes pudieran ocupar su sitio en el futuro.

Es decepcionante oír estas cosas -sobre todo si quienes las dicen tienen experiencia en la materia y hacen gala de tener el colmillo sobradamente retorcido- sin que nadie haga la más mínima mención a la imperiosa necesidad de cambiar en profundidad la obsoleta estructura institucional que, en teoría, se ocupa del deporte de alto nivel. Un cambio radical que las mayoritariamente impresentables federaciones deportivas españolas llevan décadas pidiendo a gritos. Sobre todo aquella en la que lleva toda una época encontrando grato acomodo el fútbol de Villar y sus amigos.

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